miércoles 19 de octubre de 2011

Origen de las codecoraciones "Manuel Altamirano" y Manuel López Cotilla"


Carlos H. Loza

A través de las diferentes etapas históricas vividas en México, la educación ha sido uno de los puntos centrales en los diferentes programas de gobierno, y en más de una ocasión, fue tema de controversia debido a que no siempre se estuvo de acuerdo en el contenido de los planes de estudio, y en la manera de impartir las cátedras. El debate en torno a la educación lo escenificaron los grupos liberales y conservadores a lo largo del siglo XIX, y continuó durante la primera mitad de siglo XX. El problema principal de esta discusión se centró en el hecho, de que en aquellos tiempos se impartía una educación de tipo religiosa en las escuelas particulares, por lo que los liberales consideraban que sus enseñanzas no eran científicas, pese a ello, el gobierno las toleraba debido a que no podía satisfacer la demanda de aspirantes a las escuelas de los niveles básico, medio y superior. Además de lo anterior, en Jalisco y otras partes de la República, los salarios de los profesores no eran pagados a tiempo, y en varias ocasiones se les adeudó más de tres meses; no se contaba con ninguna prestación, salvo la jubilación, la cual no servía de mucho, ya que la suma mensual que se otorgaba no era suficiente para mantener un buen nivel de vida, por lo que muchos de ellos murieron en la pobreza.

Con el inicio y posterior triunfo de Revolución, los diferentes gobiernos que se sucedieron pusieron especial interés en la cuestión educativa, pasando desde planes de estudio, hasta las condiciones laborales de los profesores, a los cuales se les comenzó a reconocer su gran labor. El 8 de julio de 1914 Manuel M. Diéguez, al frente de tropas revolucionarias, tomó Guadalajara, y con él inició la transformación educativa en el estado de Jalisco. En su carácter de gobernador interino y comandante militar, decretó la creación de dos escuelas normales y la preparatoria de Jalisco; la incorporación al gobierno de las escuelas particulares; así como un aumento a los salarios de los profesores.[1]

En 1915 Diéguez continuó con sus esfuerzos por mejorar la instrucción pública al desechar los antiguos y obsoletos planes de estudios y proponer nuevos métodos de enseñanza; un año después realizó reformas que beneficiaron la educación básica.[2] El punto culminante de las reformas educativas que se realizaron durante la Revolución Mexicana se plasmó en la Constitución de 1917, en su artículo tercero, donde se expresa que la educación debería ser obligatoria, laica y gratuita. Aquí cabe mencionar que algunos de estos puntos ya se practicaba en las escuelas sostenidas por el gobierno, pero se trataron de implementar en las escuelas particulares.

Como se aprecia, la educación fue uno de los temas centrales que trató la nueva Constitución, y los maestros no estuvieron exentos de los beneficios que ésta les concedía. La carta fundamental les otorgaba el derecho de agruparse en sindicatos que velaran por sus intereses, naciendo el primer sindicato de maestros en el primer cuarto del siglo XX; los salarios y pensiones para el retiro fueron mejorados; y el 23 de noviembre de 1917 el presidente de la República, Venustiano Carranza, firmó el decreto donde se creó el Día del Maestro, el cual debería celebrase el 15 de mayo de todos los años. Los maestros, que con su vocación de servicio, educaron a muchas generaciones, lograron con esto un reconocimiento a su valiosa actividad. Los años se sucedieron y el Día del Maestro se arraigó y se convirtió en una costumbre, la cual se celebraba en los planteles educativos. En 1934 el gobierno del Estado decidió reconocer la constancia de muchos de los maestros que dedicaron su vida a la noble labor de educar, y creó la Condecoración Manuel López Cotilla, en honor a este insigne educador jalisciense. El decreto fue firmado por el entonces gobernador Everardo Topete, y especificaba que la Condecoración se entregaría a los profesores que cumplieran treinta años de servicio.

Algunos años después el gobierno federal, siendo presidente de la República don Lázaro Cárdenas, creó la Orden Mexicana “Maestro Altamirano” que se entregaría a los maestro nacionales y extranjeros que se distinguieran por su labor educativa. Esta condecoración se entrega al maestro que cumple cuarenta años de servicio. Este decreto fue aprobado por el Congreso de la Unión y entró en vigor el día 16 de marzo de 1940. Estas condecoraciones son más que un premio, son un reconocimiento a los maestros que por su constancia, vocación, esfuerzo y mérito, destacaron a lo largo de los años y que por amor a su carrera siguen enseñando a las generaciones actuales.



1 José María Murià. Sumario histórico de Jalisco. Guadalajara. Gráfica Nueva. 1998. pp. 64-465.

2 Op cit. p. 469

sábado 15 de octubre de 2011

Las Transas, los embustes y los compadres. Elecciones federales en Jalisco en 1880 mediante el ojo de Juan Panadero. Carlos H. Loza



Antecedentes

A principios de 1880 Jalisco contaba 857,000 habitantes, de ellos el 70% radicaban en el campo, empleados en labores agropecuarias, en haciendas y ranchos. El resto de la población vivía en villas, pueblos y ciudades, destacando Guadalajara con alrededor de 110,000 pobladores. Su territorio estaba dividido en doce cantones, treinta departamentos y 118 municipios. La situación social se encontraba llena de desigualdades. La riqueza se concentraba en manos de comerciantes, hacendados, mineros, y unos cuantos industriales, militares y políticos, lo que provocó el aumento del bandolerismo en poblaciones urbanas y caminos, que impedían el libre florecimiento del comercio.


1880 fue año de elecciones federales en México, se elegiría al sucesor de Porfirio Díaz en la presidencia de la República. Desde un año antes comenzaron a perfilarse los candidatos Zamacona, Lira y Ortega, Juan N. Méndez, Ignacio Mejía, Justo Benítez, Trinidad García de la Cadena, Manuel González e Ignacio L. Vallarta, destacando los últimos cuatro entre el resto de los aspirantes al puesto.

Justo Benítez tuvo una carrera destacada en la política de Oaxaca, su estado natal, donde fue uno de los iniciadores de la desamortización de los bienes de la Iglesia. Participó de manera activa en la Guerra de Reforma, durante la cual cayó prisionero junto con Porfirio Díaz en Puebla, además defendió a la República durante la Intervención. Como integrante del partido porfirista muchos lo veían como el sucesor natural de Díaz en la presidencia.

Trinidad García de la Cadena, fue un militar de carrera. Luchó durante la intervención estadounidense, combatió en favor del plan de Ayutla, peleó en la Guerra de Reforma, y la Intervención Francesa, apoyó los planes de la Noria y Tuxtepec, identificándose siempre con el bando liberal. En 1880 gobernó su estado natal Zacatecas. Su brillante carrera militar fue bien vista por un sector de la población, hecho que se conjugó con su ambición personal que lo motivarían a postularse como candidato a la presidencia.

Otro militar aspirante a la silla presidencial fue Manuel González, quien nació en Tamaulipas en 1833. Tomó las armas durante la guerra en contra de los Estados Unidos; integró el ejército conservador durante la Guerra de Reforma, pero durante la Intervención apoyó la causa republicana, por lo que recibió el nombramiento de Jefe del Estado Mayor del general Porfirio Díaz, a quien apoyaría tiempo después luchando a su favor en los planes de la Noria y Tuxtepec. En 1877 desempeñó el cargo de gobernador del estado de Michoacán.

Ignacio Luis Vallarta fue el único de los cuatro aspirantes que no tuvo una carrera militar. Nació en Guadalajara, hijo de Ignacio Vallarta e Isabel Ogazón. Estudió en el seminario de dicha ciudad, donde pasó al a Instituto de Ciencias estudiar leyes, terminó sus estudios en la Universidad Pontificia al recibirse de abogado en 1854. Durante la gubernatura de su tío, el general Pedro Ogazón, desempeñó varios puestos públicos, en los cuales adoptó medidas liberales que le granjearon el odio de parte del sector conservador. Terminada la Guerra de Reforma y la Intervención, se postuló en 1867 para la gubernatura del estado apoyado por la Unión Liberal, grupo conformado por Nicolás Remus, Jesús Leandro Camarena, Urbano Gómez, Félix Barrón, Florentino Cuervo, Fermín González Riestra, entre otros. La oposición encabezada por el general Ramón Corona, propuso a Antonio Gómez Cuervo quien al final resultó triunfador en la elección, tomando posesión de su cargo ese mismo año. Vallarta no cesó en su empeño y después de algunos años logró convertirse en gobernador de Jalisco en 1871. A partir de entonces la política local fue dominada por la figura de Ignacio Luis Vallarta, quien contó con seguidores que lo apoyaron en todo momento. Su carrera siguió de manera ascendente llegando a desempeñar el puesto de Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en 1876, hecho que lo convirtió en un serio aspirante a la presidencia de la República.

La política en Jalisco

Ignacio L. Vallarta tuvo el cuidado de crear una sólida base política que permitió conservar su hegemonía en el Estado durante nueve años, en el transcurso de los cuales se sucedieron los gobernadores vrllartistas: Jesús Leandro Camarena, de 1875 a 1879 y Fermín González Riestra de 1879 a 1883. El clientelismo que formó durante todo ese tiempo le concedieron el apoyo de las diversas instituciones gubernamentales. Clientelismo que en este caso no es más que redes de influencia que crea un sujeto en torno suyo, y que se forman por medio de concesiones. A manera de ejemplo: cuando un político otorga un puesto público, espera que el agraciado le corresponda con su fidelidad, y lo apoye cuando tenga necesidad de ello. Como el caso de Perfecto G. Bustamante, a quien se le concedieron varios puestos dentro del Instituto de Ciencia de Guadalajara durante las administraciones vallartistas y como veremos más adelante, apoyó la candidatura de Vallarta para la presidencia. Otro caso similar lo encontramos en la familia Camarena, cuyos integrantes estuvieron estrechamente ligados a la carrera política de Vallarta y desempeñaron puestos públicos en el Instituto de Ciencias, en el Supremo Tribunal de Justicia, y hasta la gubernatura del Estado. Los vínculos de parentesco también fueron utilizados por este grupo, y el mismo Vallarta aprovechó la influencia de su tío, el general Pedro Ogazón, cuando fue gobernador de Jalisco al término de la Guerra de Reforma, para adquirir puestos dentro de las instituciones del Estado.

Todo lo anterior convirtió al partido vallartista en un grupo poderoso que dominó la política jalisciense por muchos años y, a su vez, en uno de los grupos más odiados por las familias políticas que habían sido excluidas del gobierno, por lo que recibió ataques de manera constante a través de la prensa, en especial por el periódico Juan Panadero, aparecido en 1871. Su fundador fue Jesús Pedrosa, y su primer editor Remigio Carrillo, quien se declaró enemigo a muerte de Vallarta y de toda su camarilla. El lema de la publicación “Por la razón o por la fuerza,” expresa fielmente la política de adoptó durante sus primeros años, en los cuales atacó de manera sistemática a Ignacio Luis Vallarta. En sus editoriales lo acusaba de diferentes delitos, siendo el primero de ellos la quema de la población de Mascota al término de la Guerra de Reforma. Durante esta conflagración el pequeño poblado de Mascota fue quemado en tres ocasiones, el último ejecutado por el bandolero José Antonio Rojas en 1860, que actuaba bajo las órdenes del bando liberal. Juan Panadero consideraba responsable de estos actos a las autoridades, personificadas en el general Pedro Ogazón y en el licenciado Ignacio Luis Vallarta. Manifestaba que Rojas actuó bajo las órdenes superiores que provenían directamente de Ogazón, agregando que Vallarta era en realidad quien tomaba las decisiones y, por consiguiente, le correspondía la responsabilidad de aquel acto, alegando que en caso de no haber sido el autor intelectual, hubiera juzgado a Rojas por sus crímenes, cosa que no sucedió. Por estas acusaciones a Vallarta se le levantaron cargos pero el asunto nunca procedió. Poco tiempo después el periódico lo bautizó el Gran Cosaco de Mascota.

Otra acusación hecha por Juan Panadero fue el fraude electoral cometido por el partido vallartista durante las elecciones de 1871 en Jalisco. Ese año, Vallarta se postuló como candidato a la gubernatura del Estado por segunda ocasión, con el apoyo de los miembros de la Unión Liberal, quienes realizaron una labor proselitista durante varios meses. Sus contrincantes en la contienda fueron Rafael Jiménez Castro, Justo P. Topete, y Emeterio Robles Gil, todos respetados en la localidad, entre los que destacaba, Robles Gil, por su trabajo realizado en diferentes instituciones. El día de la elección, –siete de mayo- se presentaron los representantes de los partidos en la mesa electoral instalada en la Plaza de Armas, que tendrían a su cargo verificar que los ciudadanos votaran libremente sin ningún tipo de presión, pero la mesa fue acaparada por los adictos a Vallarta, lo que dio origen a un tumulto que provocó que la policía interviniera y que el gobernador Jesús Camarena suspendiera las votaciones. Las elecciones se programaron para el día 28 de mayo. La mesa electoral se instaló en la Plaza de Armas de la capital tapatía, la cual fue acaparada de nueva cuenta por representantes del partido vallartista, pero ahora con el respaldo de la nueva Ley Electoral, que impedía a la policía intervenir en los comicios, hecho que tuvo como resultado que no pudieron votar más que los identificados con este partido, ya que impedían acercarse a la mesa a cualquier individuo que les fuera desconocido, amagándolos con armas blancas, sin que las autoridades pudieran actuar para evitarlo, con lo que garantizaron el triunfo de su candidato.

Por último, Juan Panadero acusaba a Vallarta de los asesinatos perpetrados en Guadalajara el 3 de diciembre de 1878. Por decreto del 21 de noviembre de ese año, se impuso una contribución extraordinaria del medio por ciento sobre los capitales, que sería destinada a sostener la gendarmería del Estado, ya que la delincuencia había aumentado de manera alarmante y no se contaba con recursos para combatirla. Tal disposición fue mal recibida por los comerciantes que de inmediato mostraron su inconformidad, y convocaron a una reunión que se llevó a cabo en el Teatro Degollado el día 27 del mismo mes, donde pidieron la derogación del decreto, pero las autoridades no retrocedieron, por lo que se convocó a otra reunión el día 3 de diciembre. El punto donde se realizó fue el mesón del Nuevo Mundo, donde se aglomeraron cerca de mil personas, que posteriormente pasaron a la Plaza de Armas en el momento en que llegaba a su fin una de las tradicionales serenatas. Los manifestantes pidieron a la banda que interpretara el himno nacional, a lo cual accedieron y la multitud comenzó a corear el himno y a lanzar ofensas contra las autoridades, las que mandaron reprimir la manifestación por conducto de los soldados apostados en el Palacio de Gobierno y la policía montada, que acometieron contra la turba. Se escucharon varios disparos en el lugar, y como resultado hubo varios muertos. Juan Panadero, acusó de asesinos al gobernador Jesús Leandro Camarena, y Vallarta, achacándoles el mantener a la población sojuzgada por medio de las armas, calificándolos de infames y comparando al Presidente de la Suprema Corte con el mismo demonio.

En esta tónica se manifestó Juan Panadero durante la campaña electoral de 1880, atacando de manera desmedida todo lo que oliera a vallartismo. Su redactor, Fidencio R. Corona, manifestó no tener preferencia por ningún partido político, aunque en sus textos se aprecia cierta inclinación hacia el derrotado partido lerdista, prácticamente desaparecido desde el triunfo del plan de Tuxtepec ejecutado por Díaz.

Campaña política

A principios de 1880, la cuestión política se centró en los candidatos a la presidencia, que poco a poco fueron descartados por la opinión pública y por los partidos. El primero de ellos fue Justo Benítez. Entre los favoritos del presidente Díaz para sucederle en el ejecutivo se encontraban Benítez y González. Ambos fueron compañeros de armas y con meritos suficientes para desempeñar el puesto. Díaz se inclinó por Manuel González, hombre a quien podría manejar, cosa que no sería fácil sí elegía a Benítez, ya que éste era un político apasionado que conocía muy bien el medio y los grupos poderosos que pugnaban por el poder, quien en un momento dado, podría dejarlo fuera de la jugada. Además González era su compadre y amigo por lo que decidió apoyarlo en su campaña con todo el peso de las instituciones del gobierno, incluyendo al ejército si era necesario. Daniel Cosío Villegas manifiesta al respecto:

Justo Benítez era un político de sangre y de profesión, incapaz de pensar o de interesarse en nada que no fuera política, pero como era astuto sin ser inteligente, y como carecía de ideas y planes de gobierno, toda su actividad se detenía en el plano de la intriga menor.

La preferencia de Díaz hacia González mermó por completos los sueños de grandeza de Benítez. En enero de 1880 la opinión pública lo dejaba fuera de toda oportunidad en la contienda electoral, y buena parte de sus seguidores decidieron afiliarse al partido de Manuel González dejándolo prácticamente solo, aunque no se retiró de la contienda.

Ante esta nueva situación, la cual daba a Manuel González todo el apoyo de la maquinaria del gobierno federal, los representantes de los partidos vallartista, benitista y cadenista, buscaron fusionarse y crear una liga que postulara un solo candidato a la presidencia. Juan panadero, consideraba imposible esta fusión, manifestando que los representantes de los partidos querían imponer a su candidato lo cual causaría conflictos insalvables. Además no creía que los cadenistas aceptaran incorporarse, ya que mancharía la imagen de su líder al relacionarse con Vallarta, quien era considerado como asesino por un sector de la prensa. Pese a la predicción del “Panadero” la fusión se llevó a cabo según una crónica publicada en el mismo periódico con fecha de 15 de febrero:

Parece fuera de duda que uno de estos días de la última semana, se celebró y firmó en la capital un pacto de alianza entre las facciones políticas, conocidas con los nombres de vallartistas, benitistas y cadenistas, bajo el compromiso de combatir por cuantos medios sean posibles la candidatura del señor González, haciendo a la vez una cruda y feroz oposición al gobierno federal.

El pacto fue firmado por Ignacio L. Vallarta; por el gobernador de Guanajuato, Francisco Z. Mena, en nombre de la facción benitista; y por Genaro Raigosa en representación de García de la Cadena. De estas manera la contienda electoral quedó dividida básicamente en dos bandos: el oficial representado por Manuel González y la liga encabezada por Ignacio L. Vallarta.

El programa popular.

Mientras esto acontecía en la capital de la República, en Guadalajara se dio a conocer al programa popular de la candidatura de Vallarta, que fue redactado en la ciudad de México por él mismo, más los reconocidos políticos, Miguel Blanco, Leonardo López Portillo, Enrique Pazos, y Prisciliano María Díaz González. Se compuso de seis puntos principales que van en el siguiente tenor:

Queremos el mantenimiento incólume de la carta fundamental de 1857 y sus reformas.

Deseamos la más estricta economía en la distribución de las rentas públicas y leyes severísimas contra el peculado para restablecer el imperio de moral.

3º Queremos el fomento de las mejoras materiales, para facilitar las comunicaciones, acortar las distancias, darle impulso a la abatida agricultura, y fundar nuestro comercio de exportación.

4º Queremos la proscripción absoluta de ese práctica de arrendar las rentas públicas, y más aún las casas de moneda, en que se entrega la fe nacional y las más pingues ganancias a favorecidos especuladores.

Veríamos con justo que en la instrucción pública se hicieran reformas saludables que llevaran a la luz de la civilización hasta a las ínfimas clases del pueblo, para que en el cultivo de su inteligencia les proporcionara medios de mejorar su manera de vivir.

6º Deseamos que el ejercito, esta escogida porción de ciudadanos, sea el escudo de la ley, y solo la ley la que garantice sus goces y recompensas.

El texto culmina con una biografía que destacaba la carrera y logros de Vallarta. A manera de complemento, se anexaron más de 200 firmas de individuos que supuestamente apoyaron su candidatura.

La respuesta de sus enemigos fue inmediata. Juan panadero en su editorial del once de mayo destacó primeramente, que la mayoría de los firmantes del texto desempeñaban cargos dentro de la administración pública, que como se dijo anteriormente, se encontraba bajo dominio del partido vallartista, representada en la persona del gobernador Fermín González Riestra. Con este hecho de hacen patentes los vínculos de clientelismo, ya que todos ellos habían recibido su “hueso” en las instituciones, y este era el momento de corresponder los favores recibidos, por lo que el periódico los criticó duramente:

Ahí en la dicha lista resaltan desde luego los nombres de los empleados del Ejecutivo, que sean o no partidarios del siniestro personaje postulado, han estampado sus rúbricas, por que eso significa para ellos la conservación de la tajada que se les suministra en la cocina política del Estado.

Entre los empleados de la Secretaria de Gobierno, pertenecientes a sus diversas dependencias, a los que hace referencia la editorial se encontraban Manuel Cambre, Perfecto G. Bustamante, Silverio García, Antonio E. Naredo, Leopoldo G. Riestra, Urbano Gómez, José María Garibay, Atanasio Rojas, Alberto Camarena, Francisco González Palomar, Ignacio López Portillo, Francisco M. Topete, José de Jesús Camarena, Justo P. Topete, Pablo I. Loreto, Tomás V. Gómez, Anastasio T. Cañedo entre otros. Todos ellos se desempeñaban en las oficinas de Hacienda, el Instituto de Ciencias, el Ayuntamiento, la Jefatura de Política, la Gendarmería, y algunos otros en el Poder Legislativo.

El redactor acusó a los vallartistas de haber utilizado las firmas de individuos que aún no tenían derecho al voto, en especial de los alumnos del Liceo de Varones, cuyas edades oscilaban de doce y dieciocho años entre los que se encontraban: Roberto Cañedo, Jorge Cañedo, Aurelio Orozco, Zenaido Gómez, Salvador Padilla, Albino Flores, Jesús González Isana, etcétera. Continua exponiendo que muchos de los nombres que aparecen en la lista pertenecían a niños de entre cinco y doce años de edad que se encontraban matriculados en las escuelas oficiales. El “Panadero” agregó además que los seguidores de Vallarta recurrieron a los registros de los cementerios de los cuales extrajeron los nombres de los finados para incluirlos en sus listas de apoyo; y denunció que en las aduanas, -donde se cobraba un impuesto por las mercancías que entraban a la ciudad- se intercambiaba el pase por una firma que acrecentara la lista. Otros diarios de la localidad dan testimonio de abusos similares cometidos por el partido vallartista, destacando La bandera de Jalisco, que consignó las declaraciones hechas por señores Ramón Gómez y Florentino González, quienes manifestaron que sus nombres fueron incluidos en las lista de apoyo al partido sin su consentimiento.

Pero esto no fue todo. Juan Panadero volvió a la carga ahora acusando al partido vallartista de recolectar firmas entre los prisioneros de las cárceles del Estado, a quienes se les ofreció la libertad, o la rebaja de su condena, dependiendo de la gravedad del delito por que fueron recluidos, a cambio de su firma.

Con la publicación del programa popular comenzó la campaña electoral de Vallarta en la capital tapatía. En diferentes calles de la ciudad se colocaron reproducciones del programa, y comenzaron a fundarse clubes que apoyaran los diferentes actos. De Guadalajara se mandaron agentes a diferentes localidades del Estado con miras a incrementar el número de partidarios. Cuquío, Mascota, Lagos de Moreno, Ciudad Guzmán, Yahualica y Sayula, fueron algunos de los primeros puntos donde inició la campaña. Ejemplo de las actividades que realizaban los agentes fueron las ejecutadas por el doctor y maestro del Instituto de Ciencias de la capital tapatía, Antonio E. Naredo, quien viajó a las poblaciones del sur del Estado. En todas las poblaciones que visito repartió las listas oficiales de los candidatos y recolectó firmas de apoyo al programa popular de Vallarta. En Sayula con el apoyo del jefe político Patiño y de Pascual Dueñas, consiguió las firmas de gran parte de la población, y arregló la publicación de un pequeño periódico que circularía en la región.

Como parte de la propaganda se publicaron una buena cantidad de periódicos, en la ciudad de México donde apareció La Constitución, que no cesaba de elogiar a Vallarta por su carrera política. En la capital tapatía se comenzaron a redactar El Chicho, El Eco del Pueblo y La Restauración, que cumplían con la misma función que su similar de México: la de ensalzar al máximo la figura de su candidato presidencial. A estos diarios se puede añadir el Diario Oficial del cual era redactor Silverio García, quien defendía a Vallarta de todos los ataque de la oposición.

Pero no solo el grupo vallartista se hizo notar en Jalisco, los partidarios de Manuel González entraron al campo del debate utilizando el único medio de comunicación de masas de aquel tiempo: la prensa. La Voz de Jalisco apareció en el mes de marzo, uniéndose al resto de las publicaciones gonzalistas del resto de la República entre las que se encontraba, El Libre Sufragio, que se editaba en la capital del país. Además de estos impresos, existieron algunos publicaciones independientes que entraron en la polémica ocasionada por las elecciones, entre las que se encuentran La Banderilla y Don Nacho este último con tendencias antivallartistas.

La aparición de estas publicaciones habla de la gran expectación que causó en el Estado la contienda electoral. Después de todo se tenía la oportunidad de tener elecciones libres sin la intervención del gobierno, hecho que tal vez nunca había sucedido. Aunque en todo el país se conocía de antemano el apoyo del presidente Porfirio Díaz a Manuel González en su candidatura presidencial, así como el uso de los recursos que se hacía para este fin, esto no desanimó a los otros contendientes, que continuaron con sus campañas en los diferentes estados de la República, aunque la mayoría de ellos sin posibilidades reales de obtener un triunfo.

Temores del “Panadero.”

La batalla entablada por los diferentes partidos políticos en la República crecía día a día, despertando interrogantes en la población, respecto a la actitud qué mostrarían los contendientes si llegaban a sufrir una derrota. Se tenía el temor que algún candidato no aceptara la derrota en los comicios, y que llamara a sus seguidores a tomar las armas para obtener por medio de la fuerza la presidencia hundiendo al país en una nueva guerra civil. Juan panadero en su editorial del día dieciocho de abril manifiesta estos temores:

Las pasiones políticas se han desbordado; las ambiciones se hallan en presencia, más o menos bien armadas, y mucha felicidad será para el país que tan encontradas como resueltas aspiraciones no resulte ese algo que todo el mundo ve aparecer en el horizonte como un marino descubre la nubecilla que trae en su ceno la tempestad: la revolución.

El redactor continua exponiendo que para legitimar eso temores, solo era necesario observar lo que sucedía en Zacatecas y Jalisco, donde sus respectivos gobernantes habían estado armado diferentes cuadrillas que se aprestaban para la lucha. En diferentes ocasiones, el periódico había denunciado como el gobernador del Estado, ordenaba a las fuerzas estacionadas en los cantones que se presentaran en Guadalajara, con el objeto de que recibieran armas y municiones, preparándolas con ello para una posible confrontación, y efectuado esto las remitía de nueva cuenta a su lugar de origen. Además la gendarmería local acumulaba armamento en las diferentes comisarías, lo que hacía pensar que algo no muy bueno se aproximaba.

El gobierno no se limitó a la adquisición de armas. También comenzó a reclutar hombres encontrándolos, según el mismo periódico, en las gavillas de asaltantes. Contaba con jefes militares como el general Florentino Cuervo, quien sostuvo un buen número de conferencian con representantes del partido vallartista, las cuales despertaban sospechas. A todo esto se suma el apoyo a caciques locales, con los que intercambiaron protección a cambio de sus servicios. Entre estos últimos destacaban los Villegas, radicados en Yahualica. Luis, Julián y Refugio Villegas fueron denunciados por una gran cantidad de delitos que cometían en contra de las vecinos del mencionado lugar. A Luis y Julián se le acusaba de tener tratos con los forajidos Mauricio Alvarado, Luis Carvajal, Zacarías Pérez, Patricio López y algunos más durante el tiempo que fungieron como presidentes del ayuntamiento en 1879 y 1880 respectivamente; así como de inventar un impuesto especial per capita de veinticinco centavos al mes, destinado supuestamente para el sostenimiento de la guardia nacional. A Luis, Julián y Refugio también se les acusó de intento de homicidio en contra de Concepción Rueda. El asunto de los Villegas fue cubierto por varias publicaciones del Estado, lo que causó la ira de los tres hermanos que incrementaron los abusos en contra de los vecinos, al grado de que muchos de ellos emigraron a Cuquío mientras se resolvía el conflicto. El Consejo de Gobierno instruyó el juez primero de lo criminal para hacer la averiguación previa de todos los delitos cometidos, pero no se logró a nada. Transcurrió el tiempo y los Villegas continuaban como amos y señores del lugar, con la variante de que ahora apoyaban Vallarta como candidato a la presidencia. Juan Panadero señala:

Los Villegas que están creyendo que del triunfo de la candidatura de Vallarta depende el suyo propio sobre la sociedad de aquella población y la impunidad de sus numerosos atentados, han inundado materialmente las calles de su ínsula, con cartelones en que postulan al Gran Cosaco. En cada cuadra hay seis, tres por un lado y tres por el otro; en la plaza ya no se diga, pues no hubo pared, pilar etc., donde no figurara el tal cartelón.

Al parecer este no fue el único caso de este tipo que aconteció en el Estado, pero fue el más sonado y mereció que los medios informativos gastaran mucha tinta antes de que se resolviera.

Todo lo descrito con anterioridad parecía ser parte de un plan maestro que tenía como fin, sublevar a un sector de la población en contra del futuro ganador de la elección Manuel González, y de su compadre Porfirio Díaz. El “Panadero” no cesaba en sus intentos de ser escuchado por las autoridades federales y continuó publicando artículos que hacían referencia a una posible insurrección armada:

Por todas partes se ven síntomas que indican preparativos para la resistencia. Las fuerzas locales siguen repartidas por todo el Estado; se continúan remitiendo armas para los cantones, ocultas bajo de fardos de mercancías; muchas gavillas empiezan a aparecer por distintos puntos…todo indica, pues, que estamos abocados a un próximo trastorno.

La cobertura sobre el asunto fue tal, que los periódicos de la capital del país comenzaron a publicar notas al respecto. La Libertad denunció una posible sublevación en el sur de Jalisco, por lo que Díaz tomó la determinación de mandar al general Francisco Tolentino al frente de un buen número de efectivos a controlar la situación, lo que sin duda mermó la libertad con que se movía el partido vallartista, ya que en adelante estaría bajo el ojo vigilante del ejército.

El general Tolentino distribuyó sus fuerzas en los diferentes cantones, lo que causó el disgusto del gobernador Fermín González Riestra, quien escribió una carta al Secretario de Gobernación, Barriozabal, pidiendo que retirara al ejército de los cantones y lo concentrara en Guadalajara petición que le fue negada. Sin duda González Riestra se percató de que con las fuerza federales repartidas en todo el territorio, las oportunidades del triunfo electoral estaban más lejanas que nunca, ya que éstas podrían presionar para que saliera ganador el candidato oficial. Pese a la petición del gobernador, de la ciudad de México continuaban arribando contingentes. 1,500 caballos al mando del general Manuel Olvera fueron remitidos para estacionarse en Lagos de Moreno, con el objeto de fortalecer ese punto, ya que de sucederse una revuelta en Zacatecas o Aguascalientes como se rumoraba, sería fácil combatirla antes de que el movimiento se expandiera a otras regiones.

Intentos de reorganización del partido liberal.

En el plano político, varios de los candidatos a la presidencia de la República, al verse en desventaja ante Manuel González decidieron tratar de reorganizar el partido liberal. La fusión de los partidos vallartista, benitista y cadenista que dio origen a la liga, no rindió los resultados que se esperaban. Las ambiciones personales se anteponían al ideal común que fue, el postular un candidato que combatiera de manera efectiva a la maquinaria oficial, por lo que prácticamente se desintegró limitándose solo a tratar de mostrar oposición en el Congreso de la Unión, pero las candidaturas de los tres aspirantes se sostuvieron. Ante esta perspectiva, Vallarta, Benítez, Mejía y Zamacona, concibieron el plan de reorganizar el alicaído partido liberal, con el objetivo de motivar el acercamiento de nuevos adeptos para su causa en las elecciones que se celebrarían en Junio de 1880. La reorganización tendría la siguiente mecánica: primeramente, a nivel municipal se elegiría un delegado a través de una junta vecinal; éste a su vez, pasaría a otra junta de carácter estatal donde se nombraría al representante que asistiría a un congreso nacional, que se efectuaría en la ciudad de México el quince de octubre de 1880.

El proyecto recibió muchas criticas de parte de un sector de la prensa, en especial de los diarios gonzalistas y de las publicaciones libres, que se consideraban neutrales en la contienda electoral, las cuales expresaban que la reorganización del partido, solo fue una pantalla que permitiría ganar más votos a sus patrocinadores, ya que estos aparecerían como los grandes héroes de todos los individuos que se identificaran con aquellos ideales.

Para las aspiraciones políticas de Vallarta la idea no era mala, el problema fue que se concibió demasiado tarde, a pocas semanas de las elecciones, por lo que esta intentona de fortalecer su figura como candidato serio a la presidencia no tuvo mucho eco en la población.

El día de la Elección.

Pocos días antes de la elección, en Guadalajara la opinión pública estaba centrada solo en dos partidos políticos: el vallartista y el gonzalista, dando por descontados a los restantes, por la falta de seguidores que secundaran sus aspiraciones. Parte de las fuerzas federales que habían sido enviadas Jalisco se concentraron en la ciudad, con el objeto de vigilar e impedir desordenes durante y después de los comicios, lo que alarmó a las autoridades locales que de inmediato mandaron apostar hombres armados en las torres de Catedral, así como del resto de los principales templos, con el objeto de evitar ser tomados por sorpresa, en caso de que los federales decidieran intervenir a la hora de las votaciones, o intentaran deponer al gobierno estatal, al que veían como un peligroso enemigo político.

El gobernador tomó la determinación de armar con cuchillo y pistolas a muchos léperos para protegerse. Estos anduvieron por diferentes barrios de la ciudad, en especial en San Juan de Dios, la Capilla, y Santo Domingo gritando “vivas” a Vallarta, y “mueras” al resto de los candidatos, principalmente a Manuel González, según narra una crónica del multicitado Juan Panadero, agregando que durante sus refriegas nocturnas llegaron a raspar las puertas de las casas con sus cuchillos, sembrando el temor de las familias, todo esto ante la complacencia de las autoridades. Ademas comenzó a circular el rumor en la ciudad, de que el gobernador había dado la orden de liberar a los presos recluidos en la penitenciaria de Escobedo la noche anterior a la elección, con la condición de que impidieran votar a los ciudadanos que acudieran a las casillas electorales instaladas en la Plaza de Armas, para tratar de garantizar con ello que el resultado les favoreciera.

Ante este panorama llegó el 27 de junio, día programado para la elección, y Juan Panadero exhortó a la ciudadanía a que acudiera a depositar su voto sin importar que sufrieran algún tipo de represalia, refiriéndose con esto al partido vallartista:

Los Estados de la República que conocen la historia de Jalisco en los últimos nueve años…tienen hoy fija la mirada en nosotros y esperan que las actuales elecciones, como una piedra de toque, les hagan conocer el grado de entereza, de dignidad y patriotismo del pueblo jalisciense…ha llegado, la ocasión de mostrar lo que somos y lo que valemos.

El resultado de los comicios fue favorable a Manuel González. Parte de la opinión pública cuestionó los hechos que se sucedieron durante el desarrollo de la elección. Muchos texto narraron que las fuerzas federales acuarteladas en Guadalajara presionaros para que ganara el candidato oficial. Luis Pérez Verdía lo describió de la siguiente manera:

Verificáronse esas elecciones el 27 de junio y en todo el Estado las fuerzas federales intervinieron con el mayor descaro. El gobernador pidió con anterioridad al Presidente de la República que diera sus órdenes para que el día de las elecciones saliesen de Guadalajara, las tropas de la 1ª División para evitar la alarma y aunque aquel contestó que ya se accedía a su deseos, el Gral. Tolentino no sólo no salió de la plaza sino que el día 27 dispuso que desde muy temprano numerosas patrullas recorrieran en todas direcciones la ciudad, apostándose en las casillas electorales.

Agregó también que en la víspera a la elección se reunieron 800 gonzalistas armados en el hotel del Nuevo Mundo, quienes salieron a las calles por la mañana a victorear a su líder, amedrentando a las seguidores de Vallarta.

La óptica de Juan Panadero sobre este asunto fue muy distinta a la ofrecida por Pérez Verdía. Primeramente destaca que las fuerzas federales no intervinieron en lo absoluto en los comicios, limitándose a recorrer las calles de la ciudad en patrullas formadas de 50 efectivos con miras a conservar el orden; que nunca impidieron a ningún ciudadano sufragar su voto, y finalmente agregó, que en efecto los federales se encontraban en las casillas electorales, pero solo a manera de escolta para protegerlas. Respecto a los individuos que se reunieron en el hotel del Nuevo Mundo menciona, que fueron los integrantes del los clubes gonzaliztas, que simplemente se encontraron allí para celebrar la victoria de su candidato. Aparte de que el periódico defendió la limpieza del proceso electoral, se dio tiempo de burlarse un poco de los perdedores de la contienda, narrando anécdotas sobre algunos incidentes acontecidos un día antes de la elección, con el objeto de desvirtuar más la imagen de los vallartistas:

El sábado, cerca de las nueve de la noche, pasaban por la esquina Oriente de San Felipe el inspector del cuartel, y un paisano, ambos a caballo. A ese tiempo salía el maicero que vive en ese punto a sacudir un petate; pero lo hizo dándole un golpe tan fuerte y tan retumbante que el argelino[policía] metió a espuelas al penco y no paró hasta la portería de San Diego, acompañado en su fuga por el paisano y perdiendo en ella hasta el sombrero.

El pobrecillo se figuró que los de la oposición habían hecho estallar a su paso una maquinaria infernal.

Ambos partidos políticos se acusaban mutuamente de haber incurrido en delitos, pero ahora los vallartistas se encontraban en plan de victimas. Pero establecer quién decía la verdad es difícil, y más difícil aun sería contesta sí existió fraude electoral, ya que no se conservan en los archivos las boletas utilizadas para el efecto. La maquinaria del gobierno se postró a favor de González, lo que fue aprovechado por su partido para granjearse una gran cantidad de votos a su favor, en diferentes distritos. El Gobierno Federal contaba con gran cantidad publicaciones periódicas en todo el territorio, además del apoyo de buena parte de los Estados. Sus contrincantes, no contaban con un aparato publicitario de semejante envergadura. Tampoco recibieron el apoyo necesario en los diferentes Estados, solo en su lugar de origen tuvieron posibilidades reales de acumular una buena cantidad de votos. Esto se ejemplifica en el caso de Vallarta, quien supuestamente tenía asegurada su hegemonía en el estado de Jalisco, aunque como lo apreciamos en las crónicas de algunos diarios, esta afirmación es muy discutible, ya que no era muy querido que digamos. En otros Estados era reconocido como buen político, pero no contó nunca con esa base política que lo hizo fuerte en su tierra natal. Aunque no hubiera existido fraude en Jalisco, como afirmaban sus seguidores, Vallarta habría perdido la contienda, por el simple hecho de no tener apoyo en el resto de la República. La presidencia fue un regalo que atorgado por Díaz a su compadre que solo espero el momento de recibirlo. Cosío Villegas opina lo siguiente:

Puede admitirse…que Manuel González haya sido el último presidente de la historia moderna de México (1867-1911) realmente electo (aun no con la mayoría que le atribuyen los recuentos oficiales), a pesar de que el indudable apoyo que recibió de Porfirio Díaz, y sin el cual difícilmente hubiera triunfado, lo hagan parecer como impuesto.

El triunfo de Manuel González en la elección federal de 1880 significó para Vallarta el fin de su carrera política. Retó al hombre más poderoso de México de su tiempo, Porfirio Díaz lo que tuvo como resultado su exclusión de los altos puestos de gobierno por el resto de su vida. En Jalisco el vallartismo terminó dos años después con la turbulenta salida del poder del gobernador Fermín González Riestra, pero eso es harina de otro costal.

Bibliografía.

Aldana Rendón; Mario, Jalisco durante la República restaurada. Guadalajara. universidad de Guadalajara. 1981.

Cosía Villegas, Daniel; La Constitución de 1857 y sus críticos. México. Septentas. 1973

Diccionario Porrúa. Historia biográfica y gorgráfica de México. México 1995.

Iguiniz, Juan B.; Guadalajara a través de los tiempos. Relatos y descripciones de viajeros y escritores desde el siglo XVI hasta nuestros días. Guadalajara. Banco Refaccionario de Jalisco A. S. 1951.

Muriá, José María; Breve historia de Jalisco. México. Colegio de México-Fondo de cultura económica. 2000.

Pérez Verdía, Luis; Historia particular del estado de Jalisco. Guadalajara. Universidad de Guadalajara. 1989.